ELLAS y un brunch en Londres


Hace tiempo que deseo volver a escribir. Darme este espacio para poner palabras a mis emociones, dar alas a mis anhelos y, si hace falta, para revivir lo que me hizo feliz, porque cuando escribo vuelvo allí.
Y empiezo hoy después de una resaca emocional de las buenas, porque estoy agradecida a la vida y quiero recordar siempre que me lea, lo afortunada que fui.
Soy mujer y he pasado los cuarenta y en este punto de mi vida no siento en absoluto que esté todo dicho, por el contrario está todo por hacer, todo está por empezar y hay mil planes por vivir. 
La madurez no me invita a definirme, no me parece que tenga que hacerlo. Yo, como tantas de nosotras, me siento muchas mujeres: soy madre, compañera de vida, profesional, amiga… Quiero conjugar bien esas facetas y, por encima de todo, quiero aprender, evolucionar, tener ilusiones y no dar nada por sentado.
Los años me hacen también valorar más a otras mujeres, vivir intensamente sus éxitos, empatizar con sus flaquezas y hacer un ejercicio constante de sororidad (nos tenemos a nosotras). Me pasa con mi madre, con mi amiga-hermana, con mis compañeras de trabajo y me pasa también con mis amigas de toda la vida a las que miro con auténtica devoción, admiración y respeto.
Acabo de volver de unos días en Londres, con ELLAS. Porque de vez en cuando hacemos la maleta y nos largamos juntas y no es que no cueste dejar a marido e hijos y alejarse de todo, que sí que cuesta, pero hay que darse ese permiso porque con ellas siempre sale la esencia misma de lo que soy. Luego vuelvo hecha una pedazo de madre porque tomar distancia y encontrarte es bueno y es necesario.
Hace unos días que hemos vuelto y sigo rememorando pedazos de nuestras charlas, con esa verborrea incontrolable que nos da cuando estamos juntas (con momento escuchadme ”pordios” estoy pidiendo tanda, incluido). También viene a mi (sonrisa en rostro) alguna escena surrealista, como ese americano chiflado hablándonos en “andaluz” en un bar del Soho a las 3 de la mañana. O nosotras y nuestras conversaciones intensas de madrugada con mascarillas de unicornio en la cara. 
Pero sobretodo no quiero dejar de recordar esos momentazos de reír, de reír hasta no poder más o como dice mi amiga Vanessa de reír hasta que duele la barriga, hasta llorar, hasta acabar bañadas en café.
Miro nuestras fotos y nuestras caras están desfiguradas por la risa y no hay cosa que me haga más feliz porque poco importa más que eso.
Ahora viajar ya no es ver todo lo que dice la guía y tachar de la lista, ahora viajar es estar, vivir, disfrutar la experiencia, la compañía, la comida y la bebida. Porque al final ¿Qué te queda? Pues las aventuras en un terrible albergue en Avinyon, las chorradas que dijimos en aquel coffee shop de Amsterdam, una Happy hour improvisada en Manhattan, una guindilla picante en Queens, la entrada triunfal en un garito de moda con tropiezo y caída de morros al suelo, las risas que nos echamos en el autobús que nos llevó a Italia, aquella comida memorable en los Madriles, las birras en Dublin o una pelea de gatas en el puente de Triana.
Vida, vida, vida. Sois vida, amigas.
Así que de esta última escapada me guardo muchos momentos, otro de ellos es el buen ratito que echamos en este garito que más que encontrarlo, nos encontró a nosotras: The Refinery
Porque ahora somos señoras que toman el brunch (otra cosa es que consigamos hacerlo a la hora que toca). 
Si te gustan los sitios bonitos, con atmósfera propia, decoración estilosa, comida con un toque fresco y que no te dejes el sueldo del mes. Este es tu lugar.


Y a vosotras amigas: GRACIAS.



Comentarios

  1. Escribes como los ángeles y me haces viajar contigo.
    Que afortunada de tener tan buenas amigas.
    Que afortunadas tus amigas de tenerte

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  2. Es una gozada leerte. No lo dejes. Beso.

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