UN BRINDIS POR LA ESPERANZA
Adiós a un año de película de ciencia ficción. Un año que pasará a la historia y que dejará huellas imborrables en todos nosotros. Adiós a este 2020 que nos ha zambullido y nos ha hecho navegar en las aguas turbulentas del miedo y la incertidumbre.
Nuestro mundo se ha vuelto del revés y el universo ha venido a decirnos que no hay que dar nada por sentado. La vida puede cambiar drásticamente de un día para el otro y hay que valorar cada gota de agua que cae del cielo y cada soplo de aire fresco que nutre nuestros pulmones.
Sin embargo yo no quiero olvidar el 2020, ni quiero volver donde lo dejamos.
Miro hacia atrás y veo un mundo loco, acelerado y contaminado. Carente de pausas, de pautas y de valores. Y no puedo evitar sentir que un parón drástico era necesario aunque ojalá no hubiera venido motivado por la enfermedad y el sufrimiento de tantísimas personas.
Nuestro cielo estaba lleno de aviones, los océanos de plástico y los Polos derretidos y no hacíamos nada. Medio mundo muerto de hambre y el otro medio nadando en la más despilfarradora de las abundancias y nadie hacía nada.
Soy consciente de que las cosas no están cambiando radicalmente ni lo harán. Ni siquiera estoy segura de que el mundo sea más justo a partir de ahora. Pero miro al cielo y lo veo más azul y menos plagado de aviones y eso me da cierto alivio, aunque esté deseando subirme a uno.
Vivíamos en la desmesura, la indiferencia y el despilfarro y no podía ser.
Si olvidáramos el 2020 no habríamos aprendido nada y es lo único bueno que se puede sacar de todo esto. Para mi ha sido un año de aprendizaje muy intenso. Un año agotador y revelador a partes iguales.
He pasado muchísimo miedo y a la vez he sido consciente de la gran capacidad de adaptación y compromiso de algunos seres humanos. Digo algunos porque en los momentos difíciles, y este año hemos tenido muchos, dejamos ver más que nunca lo que de verdad somos. Unos sacan pecho ante la adversidad y otros esconden la cabeza como las avestruces.
Unos se implican, se adaptan y se responsabilizan y otros siguen a lo suyo porque carecen de empatía y sesibilidad para conectar con el sufrimiento ajeno. Ni todas las pandemias del mundo podrían hacerlos bajar de su pedestal.
2020 nos ha regalado tiempo para dedicarlo al núcleo familiar y para pensar si es ahí donde nos sentimos realmente felices.
Nunca antes había disfrutado tanto de la naturaleza y he aprendido que no existe un spa mejor que un riachuelo o el mar azul. Ni concierto más especial que los cánticos y las risas de mis hijos con sus boquitas destapadas y libres de mascarillas.
He podido constatar que el miedo paraliza pero que el convencimiento de saber que puedes aportar tu granito de arena y hacer algo bueno por los demás siempre ha sido y será el motor de mi vida.
Así que no es un año para el olvido aun cuando estamos tan agotados que necesitamos, aunque solo sea de manera simbólica, ese punto de inflexión que viviremos en pocas horas con el cambio de dígito.
Brindo por la esperanza que trae la vacuna, por los nuevos y mejores comienzos y por recuperar la chispa de la vida que para mi son los abrazos achuchados con mi gente querida, los planes locos que te alegran la vida, los viajes en familia y un buen bailoteo con mis amigas.




Brindo contigo. Aprendamos de la vivido y no olvidemos.
ResponderEliminarA por un 2021 lleno de esperanza.