LA ISLA DE RE Y MI QUICHE DE BRÓCOLI
Pedaleo en un día nublado de agosto.
Benditas nubes, estoy cansada de sol.
Un aire inusualmente fresco para la época me da en la cara despertando de una vez todos mis sentidos. Huele a mar y a hierba fresca.
Canto, porque ir en bici me transporta a los años felices de mi infancia de barrio y siempre me da por cantar.
Si miro hacia la izquierda solo veo Océano, a la derecha se suceden las moreras llenas de frutos maduros, los campos de vid y las salinas. De vez en cuando un criadero de ostras o algún puestecillo de venta de sal atlántica. El mar y el campo se entrelazan aquí, se acarician y se funden el uno en el otro.
Si miro hacia el frente un montón de bicicletas me preceden. Fijo mi mirada en una de ellas en concreto, un padre conduce remolcando un carrito para bicis, en el que dos hermanitos de uno y cuatro años observan entretenidos el paisaje. Sonrío: son mis niños con su papá.
Estamos en la Isla de Re, en la Francia Atlántica, un pedazo de tierra en medio del Océano que alberga bastiones, faros de ensueño y casas color pastel.
Una red de carriles bici de lo más pintoresco recorre la isla en su totalidad y yo puedo verme viviendo aquí lejos de coches, atascos y agobios.
Pedaleo y me impregno del olor a mar que lo envuelve todo, sonrío observando la docilidad de un Atlántico que jamás vi tan pacífico. Como si todo fuera una armadura y decidiera de una vez quitarse la careta, para que solo los que estamos en esta isla podamos conocerlo tal y como es. Se lo agradezco y le digo secretamente que me gusta así, que no tenga miedo de mostrarse tal cual es, que docilidad no es sinónimo de debilidad.
Hacemos un alto en el camino para repartir una barra de pan con quesos franceses. Del más grande al más pequeño disfrutamos como si fuera el manjar más exquisito (que lo es, porque estamos juntos).
El postre son las moras del camino, hay infinitas: negras, maduras y dulces como nunca antes las probé.
Pedaleo y respiro porque mis padres siempre me enseñaron a coger aire puro y guardármelo dentro para los días de ciudad cuando no tenemos la suerte de poder respirarlo a pleno pulmón.
Pedaleo y tan embriagada como estoy por la belleza del paisaje y el aire atlántico entro en un estado casi meditabundo.
Cuando despierto soy consciente de que he pedaleado muchísimo y, como no podía ser de otra manera, tengo hambre. Así que la fortuna nos lleva a una de esas teterías con obrador en la que nos comemos una deliciosa quiche de verduras que me sabe a gloria y que he intentado reproducir para ti.
QUICHE DE BRÓCOLI
✔1 lámina de pasta brisa.
✔1 cebolla.
✔1 brócoli pequeño.
✔1 rulo pequeño de cabra.
✔200 ml de nata ligera de cocina.
✔3 huevos.
✔ cherry
✔Olivas negras.
✔Sal, nuez moscada y pimienta.
ELABORACIÓN:
- Precalienta el horno a 180ºC y deja un ratito la masa a temperatura ambiente.
- Forra un molde con la masa y métela 10 min en el horno para que cueza un poco antes de rellenarla.
- Cuece el brócoli cortado pero déjalo al dente.
- Saltea la cebolla en una sartén hasta que empiece a tomar color y añade después el brócoli. Sazona al gusto.
- Bate los huevos y mezcla con la nata.
- Fuera del fuego mezcla el brócoli con los huevos batidos y ponlo todo sobre la masa.
- Coloca por encima los tomates cherry, las olivas y unas rodajas de queso de cabra.
- Hornea durante media hora aprox. (ve controlando).
Y ¿Sabes qué? que esta quiche nos la cenamos en la playa y en muy buena compañía porque una cosa que decidí estas vacaciones es que quiero más picnics en la naturaleza, más copas de vino al aire libre y más celebrar la vida sin una excusa concreta.
No esperemos a las vacaciones para vivir en plenitud.
"Vive de forma que te duela marcharte". Pablo Arribas







Hermoso relato,
ResponderEliminarme he trasladado a la isla de Re en bicicleta y he disfrutado del sabor y el olor de esa quiche de brócoli.
Gracias por compartirlo.